Andrea es estudiante de Ingeniería ambiental en la Anáhuac Norte. Este semestre está cursando su último semestre, es parte de distintas asociaciones que combaten el cambio climático, el uso desmesurado de los recursos naturales y del plástico. Como estudiante en el ámbito del medio ambiente, ha cambiado su vida radicalmente para poder ayudar a la situación del planeta. Hoy, nos recibe en su bella casa, para contarnos su trayectoria.
Su sala tiene una vista hermosa hacia la ciudad, el día de hoy está despejado, pero menciona que a veces, es muy triste ver la ciudad llena de smog, y cómo hemos dejado de sorprendernos de vivir de tal forma. Puedo notar una cierta melancolía en su voz; no es tristeza, es ausencia de esperanza.
“Desde que era niña, me llamaba mucho la atención el medio ambiente, era de esas niñas que se molestaban, cuando arrancaban las hojas de los árboles” recuerda entre risas. “Pero siempre pensé que la situación era mucho menos dramática, de lo que veíamos en las clases de medio ambiente. Tenía que serlo, ¿cierto? Porque si no, la escuela no nos seguiría pidiendo dos paquetes de hojas blancas, que además no podían ser de las recicladas, a cada estudiante. No tenía lógica.” Andrea me ofrece una taza de té, es una de las cosas que ha cambiado en su vida. Compra la mezcla del té en una tienda, donde se la dan en su propio tupper, para que no haya plástico envuelto, como en el proceso regular.
Hoy en día, Andrea, pasó de ser una niña que se cuestionaba la gravedad del cambio climático, a ser una activista, que con los ojos abiertos, está dispuesta a hacer todo lo que esté en sus manos, por salvarnos. “Creo que estaba en el segundo año de la prepa, cuando decidí que ya no podía más. Ya había hecho los pequeños cambios, como usar termos, reusar las bolsitas de plástico, la cubeta en el baño para el agua, esas cosas que todo el mundo debería de hacer, ya que, ¡Por Dios, estamos en el 2019!, pero no era suficiente. Hablé con mi familia y empezamos un sistema de reciclaje.” Andrea se ríe recordando, “tomo tiempo para convencer a mi familia de hacerlo bien, pero vieron el compromiso que tenía y que no iba a dejar de molestar hasta que se hiciera.” Así, descubrió que esa era su misión y se inscribió en la carrera de ingeniería ambiental.
“Fue como descubrir un nuevo mundo. Había tanto por hacer y tan pocas personas haciéndolo. Para salvar el planeta, hoy en día necesitamos un cambio radical en nuestras vidas. RADICAL. Empecé a sufrir ansiedad, sentía que el mundo se venía abajo y sólo yo podía hacer algo y que nadie me escuchaba. Fue horrible.” “Fue entonces cuando entendí que tenía que la clave estaba en la conexión. La conexión entre lo que piensas y lo que haces. Así que empecé a hacer los cambios más drásticos. Empecé una dieta vegana, dejé el uso del coche lo más que podía, estoy llevando una vida casi completamente sin plástico y empecé a dedicar mi tiempo a apoyar asociaciones, como Ríos Limpios o promesa, que tenían la misma necesidad que yo de transmitir el mensaje.”
Andrea menciona que ha encontrado ese balance, la conexión. Que se siente mejor que nunca, pero que sigue teniendo pesadillas sobre el futuro de la humanidad. “Muchas veces escucho a la gente decir, que bueno que me dedico a esto, que qué noble soy, que yo salvaré al planeta, pero todo eso sólo me hace darme cuenta de lo mucho que falta todavía. Salvar al planeta es una labor que nos pertenece a todos. No habrá forma de salvar el mundo si no empezamos todos a hacer algo al respecto”.
Este último año, Andrea creó su propio sitio. “control alt zeta” refiriéndose a las teclas que se usan para deshacer un error en las computadoras. “Mi alma me pide hacer más, mover a alguien más, convencer que no sólo es fácil, sino que es necesario y que una sola persona, puede lograr cambios impactantes”.

